Las experiencias que afrontamos en las primeras etapas de nuestras vidas afectan a la calidad de la arquitectura de nuestro cerebro, pudiendo constituir un cimiento sólido o frágil para todo el aprendizaje, la salud y la conducta que desarrollaremos durante nuestra etapa adulta.
Durante los primeros años de nuestras vidas en nuestro cerebro se forman más de un millón de conexiones neuronales por segundo. Una vez pasado este primer proceso, estas conexiones se van reduciendo por un proceso que se denomina "poda" con el fin de que el funcionamiento de nuestro cerebro sea mucho más eficiente.

Como podemos ver en el gráfico anterior, basado en los trabajos de Charles A. Nelson, las vías sensoriales, tales como la visión o la audición, son los primeros en desarrollarse, seguidos por las habilidades tempranas del lenguaje y funciones cognitivas. Tanto la creación de nuevas conexiones neuronales como la poda posterior siguen el principio de que los circuitos cerebrales complejos se van desarrollado sobre otros anteriores más simples.
Hoy los investigadores pueden afirmar que las interacciones y experiencias tienen un impacto de suma relevancia en el desarrollo del cerebro. Estos procesos interactivos entre los niños y sus progenitores o cuidadores son de suma importancia.
En etapas muy tempranas, los niños y niñas buscan esta interacción mediante la emisión de balbuceos, expresiones faciales y gestos, respondiéndoles los adultos de forma similar. Si esta interacción no se produce o no son adecuadas, la arquitectura cerebral no se formará de la manera prevista, lo que a la larga puede producir disparidades en las funciones de aprendizaje o la conducta.
Incidimos de manera especial en el término "temprano" porque conocemos que la capacidad de cambio del cerebro disminuye con la edad. El cerebro enormemente flexible en los primeros años de vida, pudiendo asumir una gran variedad de entornos e interacciones. Pero a medida que éste va madurando y adquiriendo mayor especialización para dar cabida a la funciones más complejas, también se vuelve menos adaptativo.
La enorme plasticidad del cerebro en edad temprana hace que sea mucho más fácil y más eficaz influir en la arquitectura del cerebro en desarrollo de un bebé, que volver a cablear partes de sus circuitos en edad adulta.
El cerebro es un órgano muy interrelacionado y coordinado en sus múltiples operaciones. Esto hace que las capacidades cognitivas, emocionales y sociales estén fuertemente entrelazadas a lo largo de toda la vida. Podríamos decir que el bienestar emocional y la competencia social constituyen los ladrillos sobre los cuales se construirán las habilidades cognitivas, y en definitiva, sobre los que se construyen los cimientos del desarrollo humano.
La salud emocional y física, las habilidades sociales y las capacidades cognitivas tempranas, como son las lingüísticas, las cuales se desarrollan durante los primeros años de nuestra vida, serán la base del éxito en la escuela o en nuestro puesto de trabajo posteriormente.

Dejamos para el final un punto de gran importancia, los efectos del estrés tóxico sobre los niños y niñas. Gracias a numeroso estudios, como los realizados por Radley y Morrison (2005), Bock et. al. (2015), Bock y Braun (2011), Korkmaz et. al. (2012) o Biala at. al. (2006) conocemos que el estrés tóxico daña la arquitectura cerebral durante el desarrollo.
Mientras que el estrés positivo, como pueden ser respuestas moderadas y breves a ciertas experiencias incómodas, son beneficiosas y aconsejables, el estrés tóxico, producido por ejemplo por la pobreza extrema, el abuso reiterado o un severa depresión materna, puede tener un resultado nefasto para el desarrollo del cerebro.
Cuando los episodios de estrés tóxico se producen en los niños y niñas en desarrollo, la ausencia del apoyo por parte de los adultos que amortiguan dicho impacto, hace que este estrés se incruste en el cuerpo mediante una serie de procesos que moldearán la arquitectura de su cerebro.
Estos puntos sobre el desarrollo del cerebro en edades tempranas forman parte de los diferentes estudios que ha recogido el Center on the Developing Child de la Universidad de Harvard, y sobre los cuales publica periódicamente una serie de estudios que podemos leer libremente en su buscador de recursos.
Si bien estos estudios no evalúan directamente la terapia del modelo Aleceia, sí ofrecen información sobre el impacto de las experiencias tempranas en el desarrollo emocional y neurológico, lo cual guarda relación con los principios en los que se inspira este enfoque terapéutico.
A veces sentimos que el “berrinche” que experimentamos de adultos tiene un matiz infantil. En muchos casos, esa reacción fue un recurso aprendido en etapas tempranas para captar la atención de un adulto no disponible. Este es solo un ejemplo de cómo nuestro sistema, a través de conexiones neuronales fortalecidas por experiencias repetidas, contribuye a formar patrones y respuestas que luego influyen en nuestra personalidad adulta.
Según estas investigaciones, hacia los siete años muchos de nuestros patrones básicos de funcionamiento emocional y conductual ya se encuentran configurados. La manera en que interpretamos nuestras vivencias durante la infancia influye en los recursos que desarrollamos para afrontar la vida.
Cuando, mediante recuerdos o sensaciones —que también son formas de memoria—, revisamos esos momentos, podemos comprender cómo se fue formando nuestra personalidad: qué aspectos nos limitan y cuáles pueden ayudarnos. Ese “mapa interno” es esencial para entendernos, y es precisamente en ese entendimiento donde comienza el cambio.
En el centro Nintai abordamos la terapia desde este enfoque, reconociendo que cada vez existe mayor literatura científica que explora el papel de las experiencias tempranas en el desarrollo emocional, lo cual nos permite contextualizar las bases del modelo Aleceia dentro de este marco teórico.
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